sábado, 21 de mayo de 2016

La constelación de Escorpión


La constelación de Escorpión

Los cielos otoñales de Temuco no son los más aptos para la observación de los astros. A la abundancia de cielos nublados debemos sumar una espesa capa de contaminación producida por la quema de leña para calefacción. Sin embargo, el frío y el humo del otoño también nos trae una de las constelaciones más conspicuas y conocidas del cielo meridional: la constelación de Scorpio (Escorpión)

Su amenazadora silueta ha sido conocida desde el amanecer de los tiempos, y siempre ha jugado un rol destacado en los sistemas de mitos y leyendas alrededor del globo. 



El Escorpión se alza sobre el cielo otoñal. El planeta Marte vagabundea por las cercanías de la constelación, rivalizando en brillo y en color con la gigantesca Antares.

Ubicada a -20° del Ecuador Celeste, la constelación de Escorpión es perfectamente visible en el cielo invernal del hemisferio meridional. A medida que progresa el invierno se encuentra cada vez más alta sobre el horizonte, permaneciendo en el cielo durante toda la noche, brindando buenas oportunidades para su observación.


El escorpión se alza sobre el horizonte, foto del blog de Guillermo Abramson.

Antiguamente, la extensión del asterismo de Escorpión era mayor, pero los romanos le amputaron casi la mitad de sus pinzas para formar una nueva constelación que bautizaron como Libra. Los nombres de las dos estrellas más brillantes de Libra: Zubeneschalami (literalmente "pinza derecha") y Zubenelgenubi ("pinza del sur") quedaron como una reminiscencia de esta amputación.

El asterismo de Escorpión, tan conspicuo e interesante, siempre jugó un rol importante para las civilizaciones clásicas. Conocido ya en Babilonia, pasó a griegos, romanos y árabes como un componente más del Zodíaco, (lit. "rueda de los animales"), la famosa rueda formada por 12 animales y personajes mitológicos (con la única excepción de Libra) que marca el camino aparente del Sol durante el año.


En la estructura de mitos griegos, el escorpión es enviado por la diosa Gea para dar muerte a Orión, el fornido y vanidoso cazador que tantos quebraderos de cabeza (al estilo de Hércules y Sansón) estaba ocasionando entre las caprichosas divinidades. Orión prestaría su nombre a la más hermosa de las constelaciones, pero la enemistad con el escorpión continúa: se rehúsan a compartir sitio en la bóveda celeste, y el Escorpión se alza sobre el horizonte cuando la constelación de Orión se hunde por el Oeste.


El asterismo de Escorpión. Es uno del los pocos cuya figura guarda un parecido con lo que su nombre indica.

Formando la cabeza del arácnido, Dschubba ("la frente") es una estrella variable ubicada a unos 400 años luz de nosotros. Dschubba es, en realidad, un sistema de 4 estrellas que orbitan en torno a un centro de gravedad común. A partir del año 2000, la componente principal experimentó un notable aumento de su brillo, transformándose en la segunda estrella más brillante de la constelación. Es un hecho inusual, pues a la modesta escala de nuestras vidas es difícil apreciar cambios de esa magnitud en la bóveda celeste.


En el medio del escorpión, reina una potencia descomunal del panorama estelar. Antares, nombre ya consignado por el astrónomo griego Tolomeo, significa "El adversario de Ares" y es una supergigante roja, de magnitud aparente +1,09 (la decimosexta más luminosa visto desde la Tierra) ubicada a unos 550 años luz de nosotros. Pese a esta enorme distancia, el constante progreso en las técnicas de observación ha hecho crecer el tamaño de la estrella. En 1960 su tamaño se calculaba en unas 300 veces mayor al Sol, este tamaño (ya descomunal) se corrigió a unas 600 veces al finalizar el siglo XX, mientras que hoy se le asigna un diámetro entre 850-900 veces superior al del Sol, en otras palabras, que tendrías que poner en línea 900 soles para obtener el tamaño ecuatorial de este coloso celestial.


Antares brilla con todo su esplendor a la izquierda de la fotografía. La nube que la rodea esta formada por material expulsado por la propia estrella. A la derecha se distingue el cúmulo M4.

Antares posee una luminosidad 10.000 veces mayor a la del Sol, aunque su temperatura superficial es menor, unos 3.600° K. y pese a su descomunal tamaño, su masa equivale "apenas" a unas 15 masas solares, siendo su densidad media mucho menor a la de nuestro Sol.

Su peculiar nombre, "Adversario de Ares" viene dado por los continuos "encontrones" entre Antares y el planeta Marte (nombre romano del dios griego Ares), con quien comparte un brillo y color semejantes. La ubicación de Antares cerca de la eclíptica, -tránsito aparente del Sol y los planetas por el cielo- es la razón de esta rivalidad cósmica.

Antares es un sistema binario. Su acompañante, Antares B, es una enana azul de clase B2.5 a unos 550 años luz de Antares. Tiene un brillo que es 150 veces superior al del Sol, pero no puede competir con los impresionantes atributos de Antares, que la eclipsa totalmente.


Ubicada en el extremo de una de las pinzas, Acrab (Alacrán), es en realidad un complejo sistema quíntuple de estrellas. La principal está ubicada a unos 550 años luz de distancia y es unas veinte veces más grande que nuestro Sol.

Sargas, ubicada en el inicio del aguijón, es la tercera estrella más brillante de la constelación. Gigante blanco-amarillenta de tipo F1, esta ubicada a unos 270 años luz de nosotros y es unas 20 veces más grande que nuestro Sol. Sargas también es conocida por el nombre de Girtab, palabra de origen sumerio que significaría "el escorpión".

En el extremo final del Escorpión, en la punta del aguijón, encontramos un par de estrellas: Lesath y Shaula, cuyo significado es precisamente "aguijón"


Respecto a los objetos de espacio profundo, este escorpión venenoso está lleno de tesoros. A mi parecer, uno de los objetos más bellos es M6, el Cúmulo de la Mariposa, un cúmulo galáctico formado por unas  80 estrellas jóvenes y calientes, ubicado a unos 1.600 años luz de distancia.  Me encanta este cúmulo, flotando como un azulado racimo de paz sobre la negrura indiferente del cosmos.

Muy cerca de la imponente Antares, M4 debe ser el cúmulo galáctico más cercano al Sol, a unos 7.000 años luz de nosotros. Descubierto en 1746, es un bello y caótico conglomerado de estrellas que necesita de telescopios medianos para distinguir algunos detalles. Densas nubes de material absorben buena parte del brillo de M4, aún así, el telescopio espacial Hubble descubrió en 2003 un planeta 2,5 veces más grande que Júpiter, orbitando una de las enanas blancas del cúmulo.


El escorpión es la constelación más reconocida de nuestros cielos invernales. Se ubica cerca de la Vía Lactea, aquella espléndida banda de luz que es en realidad la región central de nuestra galaxia, donde se dispara desmesuradamente la cantidad de estrellas y objetos de espacio profundo. El escorpión es el equivalente invernal al Orión estival, un generoso despliegue de la bóveda celeste, que no decepcionará a los interesados.


El escorpión flotando sobre el fondo luminoso de la Vía Lactea, conglomerado de estrellas que forman el perfil de nuestra Galaxia.












sábado, 12 de marzo de 2016

El cúmulo de las Pléyades.


Cúmulo de las Pléyades, las siete hermanas del cielo.


Dejaremos, por un momento, de lado nuestra misteriosa Luna y fijaremos la vista en una de las más bellas formaciones del cielo sur: el cúmulo abierto de las Pléyades.


Los cúmulos abiertos son formaciones de cientos o miles de estrellas que tendrían un origen común, es decir, que provienen de la misma nube de gas primordial. Hay miles de cúmulos dispersos por la vastedad de nuestra galaxia, pero uno de los más cercanos, y hermosos, está conformado por el grupo de las Pléyades.




Las pléyades (en griego: palomas), o M45 según el catálogo de Messier, son conocidas popularmente como "el carrito" o "las siete hermanas" y se ubican en las proximidades de la constelación del Toro (Taurus), donde también podemos encontrar la célebre Nebulosa del Cangrejo (M1) y  el cúmulo de las Híades, este último el cúmulo abierto más cercano a nosotros (a 150 años luz). Las Pléyades están situadas en el hemisferio norte de la bóveda celeste,  no obstante, son visibles en el cielo del hemisferio sur durante gran parte del verano, hecho que contribuye a las delicias de los aficionados a la astrofotografía.

El cúmulo esta compuesto por unas 1.000 estrellas, a una distancia de 400 años luz de la Tierra. Se extiende por unos 40-70 años luz de diámetro y abarca un espacio de 110 segundos de arco en el cielo. La edad del conjunto sería de unos 100 millones de años, lo que a escala cósmica es casi un suspiro de vida. 

Las coordenadas del cúmulo son A.R 03h 47'  Declinación +24° 07' 32

Debido a su corta edad, la mayoría de las estrellas son jóvenes blanco azuladas y muy calientes, que en promedio tienen un tamaño cinco veces superior a nuestro Sol. Sin embargo, también se habrían detectado enanas blancas (cadáveres de estrellas) que pondrían en entredicho la edad precisada para el cúmulo, pues 100 millones de años no son tiempo suficiente para que una estrella normal (de secuencia principal) evolucione y muera como enana blanca. El tema es objeto de debate entre los especialistas.

Restos de la nebulosa original asociada rodean al cúmulo, dándole la apariencia de reposar entre nubes de vapor. Estos velos son invisibles a simple vista, pero es posible capturarlos mediante la astrofotografía, con tiempos amplios de exposición. Otros expertos opinan que los restos de la nebulosa original se dispersaron hace tiempo, y que el conjunto de estrellas se encuentra cruzando un sector del espacio lleno de gas y polvo.

La observación del cúmulo a ojo desnudo, preferentemente lejos de la contaminación lumínica, produce resultados gratificantes. De sus cerca de 500 estrellas, se distinguen a simple vista Alcíone, Electra, Atlas, Merope, Maya y Taygete, si tienes una vista aguda podrás distinguir también a Celeno, Pleione, Astérope y algunas otras.




Las principales estrellas del cúmulo, rodeadas por los restos de la nebulosa que les dio la vida. La principal de estas nubosidades rodea a Merope.

Para muchos, la mejor forma de ubicar a las Pléyades a simple vista en el cielo es la siguiente: trazar una línea imaginaria que parta desde el cinturón de Orión (las populares "Tres Marías") y que llegue hasta la estrella Aldebarán. Una breve prolongación de la línea nos dará rápidamente con la formación.


Localización rápida de las Pleyades, trazando una línea que parte desde las Tres Marías (en Orión), cruza Aldebarán y finaliza en el cúmulo.


En cuanto a su magnitud aparente, los astros se ordenan así, (del más brillante al menor)

Alcione (2,85), Atlas (3,63), Electra (3,72), Maia (3,87), Mérope (4,14), Taygeta (4,29), Pleione (5,05), Celaeno (5,45)

Alcíone (Eta Tauri) la más brillante, es en realidad un sistema múltiple formado por 4 estrellas. La principal, Alcíone A, es un astro 20 veces mayor que nuestro Sol y con una luminosidad que es unas 2.000 veces superior.


Las Pléyades se encuentran cerca de la línea de la eclíptica (camino aparente del Sol durante el año sobre el fondo inmóvil de las estrellas) lo que permite periódicas conjunciones entre el cúmulo, la Luna y los planetas del sistema solar.



Año 2009: Conjunción de la Luna y las Pléyades. Foto: Universidad de Manchester.


21 de Enero de 2015, el cometa Lovejoy fotografiado en las proximidades del cúmulo de las Pléyades. Foto: German Savor.


El mejor momento para observar el cúmulo de las Pléyades es en los meses de verano. A partir de Diciembre, la constelación es visible mirando hacia el norte desde las 22:30 hrs. y ocultándose por el horizonte a las 3:00 de la mañana.

A mediados de Marzo la constelación solo es visible durante un par de horas a partir del atardecer, cayendo las Pléyades por el horizonte a las 22:00  hrs. (aunque con los continuos cambios de horario en Chile es mejor no asegurar nada de antemano).




Situación de las pléyades (círculo amarillo) a mediados de Diciembre en el hemisferio sur. El conjunto se divisa mirando hacia el norte.


Finalmente, la  gravedad de la Vía Lactea desarmará el cúmulo, dejando de ser visible en su forma actual dentro de unos 250 millones de años. Si para entonces aún existe algún tipo de vida inteligente en nuestro planeta, las Pléyades se habrán disuelto como conjunto, con cada estrella tomando su rumbo particular en la vastedad del espacio.



Las Pléyades y Venus sobre los cielos de Perú. Foto: Julie Zaloga.

El cúmulo desempeñó un rol fundamental en la mitología de muchas culturas de la antigüedad.  Los nombres actuales de sus estrellas principales provienen de la mitología griega, pues las Pléyades son siete hijas del titán Atlas, inmortalizadas en la bóveda celeste por voluntad de Zeus. Los mayas, famosos por sus complejos calendarios, creían que era el lugar originario de su civilización.

La fabricante japonesa de automóviles Subaru emplea un logo que representa a las Pléyades estilizadas, de hecho, "Subaru" es la palabra japonesa para las Pléyades.



Existe una teoría, con mucha resonancia en círculos esotéricos, según la cuál nuestro Sol gira en torno a Alcíone. La enorme distancia entre ambas estrellas (unos 400 años luz) hace que esto sea imposible. Lo cierto es que nuestro Sol también se mueve en el espacio, pero lo hace en torno al centro de nuestra galaxia (lo que se conoce como año galáctico), completando una vuelta en el módico período de 225 millones de años.















martes, 1 de marzo de 2016

Un caso de acné cósmico.


Junto a los mares, el rasgo más llamativo del disco lunar está constituido por sus cráteres, enormes cicatrices que aún hoy delatan el pasado violento de nuestro satélite.

Dado que nuestra motivación es la del aficionado, pondremos nuestro interés en los cráteres situados en el lado visible de la Luna (recordar que la Luna siempre nos presenta la misma cara), el lado posterior, o invisible, también está salpicado de huellas, pero lo omitiremos por ahora, puesto que es invisible para el observador terrestre.

Los cráteres no son otra cosa que las huellas dejadas por impactos de meteoritos sobre la superficie lunar. Se cuentan por miles y los hay de todos los tamaños. Algunos no pasan de ser alfilerazos (de algunos metros de diámetro, aunque el nombre es engañoso, porque la fuerza que debieron desatar tuvo que ser considerable), mientras que otros impactos tuvieron que remecer la Luna "hasta sus cimientos" y originar verdaderos cataclismos. Como analizamos al hablar de los mares lunares, estos se originaron cuando la caída de grandes meteoritos perforó la corteza lunar, provocando masivas inundaciones de lava basáltica, que al enfriarse originaron las vastas planicies que observamos hoy.

Los cráteres lunares siguen siendo visibles para nosotros porque la Luna es un astro muerto: no hay erosión ni procesos geológicos que contribuyan a renovar la superficie de nuestro satélite. En contrapartida, en la Tierra se han descubierto unos 180 cráteres de impacto (en la Luna hay miles), indicador de que los vestigios de la inmensa mayoría han sido borrados por la cirugía estética del vulcanismo, la erosión,  y la tectónica de placas de la Tierra.


Cráter, Clavius, uno de los monstruos lunares. Con una profundidad de 3.500 mts. y un diámetro de 235 km,  podría (dato para mis amigos sureños) contener 15 veces la ciudad de Temuco en línea.


Hoy, la Luna carece virtualmente de atmósfera y cualquier pedrusco viajero puede precipitarse sobre su superficie. En la Tierra, nuestra atmósfera nos protege de estos guijarros espaciales, que al contacto con las capas superiores de la atmósfera se desintegran, dando origen a las conocidas "estrellas fugaces", nuestro satélite carece de este eficaz escudo natural y, periódicamente, algún trozo de roca cae sobre su superficie, dando lugar a fugaces impactos.

A simple vista, los cráteres lunares más visibles son Aristarco, Tycho, Kepler y Copérnico, no tanto por la amplitud de sus dimensiones, (hay otras cuencas mayores) sino por estar acompañados de un espectacular sistema de rayos de gran albedo, es decir, capacidad de reflejar la luz que reciben del sol. Estos rayos se formaron por material que salió disparado al momento de la colisión, y no generan sombras, pues son depósitos superficiales. Estos cráteres serían relativamente jóvenes, pues sus radiaciones no han sido borradas por impactos posteriores, ni han dado tiempo a la erosión del viento solar para hacerlos desaparecer.


Cráter Tycho, al sur del Mar de las Nubes. Tiene un diámetro de 85 km. Observese el brillante sistema de rayos de material proyectado por el impacto, algunos de estos rayos tienen una extensión de 1.500 km



Algunos cráteres forman depresiones de cientos de kilómetros de diámetro, rodeadas por muros de hasta 4.000 mts de altitud. A través del telescopio adquieren un matiz majestuoso (a veces con un toque tenebroso), pero debemos recordar que existen evidentes diferencias entre contemplar aspectos del relieve lunar a través de un instrumento y encontrarse ahí. Un eventual selenita quizá ni advertiría el hecho de encontrarse al interior de un gran cráter, puesto que la Luna tiene apenas  1/4 del diámetro de la tierra y el horizonte lunar es dos veces más reducido. Esto implica que, debido a la curvatura de nuestro satélite, el centro de un gran cráter se encuentre a mayor altura que sus paredes.



Arriba: Visión que un "selenita" tendría al estar parado al centro del cráter Arquímedes, de 110 km de diámetro. La curvatura de la superficie lunar, que solo revela una parte del horizonte, haría poco evidente su ubicación dentro de un cráter.

Hay cráteres llanos en su interior (estás formaciones son llamadas "circos"), pero otros conservan una elevada formación central que puede alcanzar bastante altura. Estos pitones o elevaciones centrales se originaron en el momento del impacto, debido al duro rebote de las colosales fuerzas involucradas, cuando parte del material eyectado chocó contra los muros del recién formado cráter y se precipitó de vuelta sobre su centro, formando las elevaciones que vemos hoy. Un ejemplo es Tycho, que  tiene en su centro una elevación de 1.500 mts. y es uno de los cráteres más brillantes del disco lunar, visible a simple vista incluso con Luna llena, y está acompañado por un brillante sistema de rayos, algunos de ellos alcanzan los 1.500 km de largo.




Diferencias en la estructura central de un cráter. Arriba: imagen cenital del cráter Tycho, con sus muros en forma de terrazas y un conjunto de elevaciones en su centro. Foto captada por la sonda Orbiter IV.  Abajo: Perfecto ejemplo de un "circo" lunar, Platón, con un diámetro de 100 km y un fondo llano.




Al sur de Tycho, en las accidentadas tierras altas de la Luna, el circo de Clavius es otro coloso digno de admiración. Con un diámetro de 235 km, carece de picos o formaciones centrales. Su forma es casi circular, pero su ubicación le hace parecer elíptico. Su suelo está salpicado de impactos posteriores, hecho que delata la antiguedad del cráter (unos 4.000 millones de años). De gran interés resulta una curiosa serie de cinco cráteres menores al interior de Clavius, que parecen alinearse por tamaño y sugieren un origen común, sin embargo, pertenecerían a eras distintas.

Con unos 300 km de diámetro y 4.000 mts. de profundidad, Bailley es el cráter más grande del lado visible de la Luna. Posee un fondo muy accidentado, pero su ubicación cercana al limbo lunar hace que solo podamos contemplarle de refilón. Sin embargo, existe un coloso mucho mayor. La cuenca Aitken, cercana al polo sur en la cara oculta de la Luna (y por tanto invisible para un observador terrestre) tiene el asombroso  diámetro de 2.500 km y una profundidad que estaría entre 8-12 km (las fuentes varían). Para que hagamos una comparación, el cráter terrestre de Chicxulub, que se cree fue formado por el impacto del meteorito que extinguió a los dinosaurios, tiene "apenas" unos 180 km de diámetro.



Cara invisible de la Luna. La cuenca de Aitken se divisa  como una tenue mancha oscura que se extiende por buena parte del hemisferio sur lunar.

Con una antigüedad de 4.000 millones de años, la cuenca de Aitken tuvo que ser un golpe devastador, que barrió la superficie de nuestra Luna. De hecho, se piensa que el objeto impactó con velocidad y angulo bajos, de lo contrario, es difícil explicar como es posible que la Luna sobreviviese al evento. A escala terrestre, un choque de esta magnitud arrasaría con toda la vida de nuestro planeta y es un recordatorio de la juventud extremadamente violenta del sistema Tierra-Luna.


Con un diámetro de unos 40 km, el hermoso cráter Aristarco es el relieve más brillante de la Luna. Visible a simple vista desde la Tierra (inclusive en Luna llena), el cráter se encuentra ubicado en la Meseta de Aristarco, una región geográfica que ofrece notables detalles para el observador interesado. Posee muros escalonados y una estructura de montes en su centro. Tendría una edad de 450 millones de años, es decir "joven", a escala de edades geológicas, lo que permite que mucho del brillante material eyectado durante el impacto aún no haya sido erosionado por el viento solar o colisiones posteriores. Esta característica es la que le proporciona su intenso albedo.

Aristarco siempre ha sido un punto de referencia geográfico para la observación de nuestro satélite. Se encuentra situado en el océano de las tormentas, a +24° -27°. Un poco más hacia el oeste encontramos el Vallis Schroter, una imponente grieta de 150 km de largo (la distancia entre Santiago y San Fernando) y casi 1 km de profundidad que serpentea amenazadoramente por la superficie selenita. El origen de esta notable formación sería de origen volcánico, tal vez es un antiguo conducto de lava cuyo techo se derrumbó, dándole su aspecto actual.




A la derecha el cráter Aristarco. De elevado albedo, es la formación más brillante de la Luna. A la izquierda de la imagen el cráter Heródoto y parte del Valle de Schroter. Foto de la misión Apolo XV


Newton, con un diámetro de 80 km y una profundidad de 6.000 mts. es el cráter más profundo de la cara visible de la Luna. Se encuentra en los proximidades del polo sur lunar, hecho que dificulta su adecuada visión desde la Tierra.





Derecha: Densa concentración de cráteres hacia el hemisferio sur de nuestra Luna. Algunos visualizados son:

1. Tycho
2. Longomontano
3. Maginus
4. Clavius
5. Blancanus
6. Scheiner
7. Moretus
8. Klaproth
9. Rutherford
10. Orontius















Los fantasmas de la Luna

Junto a los cráteres típicos, bien formados y de murallas bien discernibles, existe otra categoría de antiguos cráteres, circos o planicies, cuyos bordes han sido derruidos o casi borrados por eventos posteriores, de suerte que apenas podemos distinguir sus restos. Esta categoría recibe el nombre de "Circos fantasmas"

Han sido desde siempre un objetivo muy apetecido para los observadores del disco lunar, aunque, en ocasiones, su discreción dificulta su adecuada observación.


Derecha: El circo fantasma de Flamsteed, en el océano de las tormentas. El círculo amarillo intenta seguir las ruinas de sus bordes originales, muy desgastados y que en algunos puntos han desaparecido por completo.
Abajo: Lamont, apenas distinguible en el centro de la imagen.


.












Nomenclatura

Los cráteres lunares reciben nombres de prominentes sabios, científicos, eruditos y artistas que ya han fallecido. Los nombres deben ser aprobados oficialmente por la UAI (Unión Astronómica Internacional) para ser incluidos en la cartografía de nuestro satélite.



Ilustrativo video, que repasa los grandes cataclismos que han forjado la Luna tal como la vemos en nuestro cielo.



Ya hemos comentado que la observación de la Luna no requiere de grandes telescopios ni es un asunto demasiado complejo. Con instrumentos ópticos de aficionado debiese bastar para distinguir los cráteres y accidentes más importantes. Al respecto, a modo de referencia, el iniciado puede utilizar la lista Lunar 100 de Charles Wood, que es un catálogo con los 100 elementos más destacados de nuestro satélite. Por otra parte, recordar que el mejor momento para la observación no es la Luna llena (a excepción de los cráteres asociados a sistemas de rayos) pues la intensa luz reflejada por el disco lunar tiende a invisibilizar muchos detalles del relieve. Lo mejor es hacer trabajo de campo en las fases intermedias, es decir, cuando la Luna está menguante o creciente, pues las sombras alargadas facilitarán el estudio de las zonas de interés.








lunes, 22 de febrero de 2016

Los mares de la Luna



La Luna es nuestra compañera más cercana en la vastedad del espacio. A una distancia media de 384.000 kms, ( un segundo a la velocidad de la luz, o tres días de viaje para una misión Apolo)  ha ejercido desde siempre una atracción magnética sobre nuestros sentidos, prestando un gran servicio al progreso de la humanidad; sus fases están en la base del origen del concepto de mes, y dejando sus huellas en la narrativa de mitos y cosmogonías alrededor del mundo.

En la antiguedad, los filósofos creían que la Luna era un disco liso, carente de relieves semejantes a los de la Tierra. Fue preciso esperar hasta la invención del telescopio (1608) para refutar esta ocurrencia, y hoy sabemos que la Luna es un astro sumamente accidentado, donde se superponen vastas y oscuras planicies, elevadas montañas e inmensas huellas de antiquísimos y brutales impactos cósmicos.

Ambos hemisferios lunares. Su rostro visible concentra la gran mayoría de sus mares



Los accidentes más visible son, con diferencia, los mares, nombre que les asignó en 1609 Galileo Galilei, que al observarlos con su telescopio de 20 aumentos, pensó que se trataba de masas de agua análogas a los océanos terrestres. En realidad, estas vastas planicies son huellas de enormes y antiguos impactos de meteoritos sobre la superficie lunar, que al perforar brutalmente la corteza del satélite, se vieron inundadas por lava basáltica (de escaso albedo), que al enfriarse les dio el aspecto oscuro que les caracteriza. En contraposición, las tierras altas de la Luna, cubiertas por un material llamado regolito, (en esencia, una delgada capa de polvo) poseen un brillo más intenso.





Los mares se originaron hace eones de antigüedad. Se calcula que en un período comprendido hace unos 4.000 millones de años la Luna se vio sometida a un intenso bombardeo por parte "escombros rocosos", material sobrante del proceso de formación de nuestro sistema solar, que tuvo lugar hace unos 4.500 millones de años. Muchas de estas rocas, vagabundos sin rumbo fijo, se precipitaron con violencia sobre la luna y nuestro propio planeta, y aunque el devenir de las eras geológicas ha borrado las cicatrices de la Tierra, en la Luna (geológicamente muerta) la situación fue distinta. La carencia de atmósfera y el cese de la actividad geológica han conservado las huellas del drama hasta hoy.

Los mares pueden ser contemplados a simple vista, aunque la agudeza visual permitirá la mayor o  menor distinción de un amplio rango de detalles, lo importante es que la superficie lunar puede ser observada, con estimulantes resultados, con simples prismáticos o telescopios de aficionado.

Mares aparte, los cráteres lunares son dignos de estudio y contemplación. Algunos de estas impresionantes cicatrices lunares (Tycho, Copérnico, Platón) también pueden contemplarse a simple vista, aunque un estudio más detallado de sus características requerirá el auxilio de instrumentos ópticos. En posteriores entradas les analizaremos en profundidad.

Veamos sus mares con mayor detalle.

La gran mayoría de los mares se concentra en la cara visible o anterior de la Luna. La cara oscura de la Luna (fotografiada por primera en 1959 por los soviéticos, con su sonda Lunik 3) solo contiene unos pocos, que no pueden competir ni en número ni en majestad con los del lado visible. Con diferencia el mayor es el Oceanus Procellarum (Océano de las tormentas), que con una superficie de 1.600.000 km2 y 2.500 km de diámetro ( la distancia entre la ciudad de Arica y el lago Llanquihue) ocupa buena parte de la mitad occidental de la Luna. Hay cierta controversia sobre su origen, pues los especialistas dudan que sea resultado del impacto de un meteorito. Entre otros, contiene los interesantes cráteres de Copérnico, Kepler y Aristarco, este último el objeto más luminoso del disco lunar. De bordes muy irregulares, el óceano de las tormentas se extiende hasta latitudes próximas al polo norte lunar, donde se conecta con el Mare Frigoris a través de Sinus Roris (Bahía del Rocío). El Océano de las tormentas, en las cercanías de los cráteres Reiner y Mario, fue el lugar escogido para el alunizaje de la sonda soviética Lunik 9, que tiene el privilegio de ser el primer artefacto ideado por el hombre en posarse suavemente sobre el disco lunar.

Por el sur, el Océano de las Tormentas conecta con dos mares "satélites", Mare Nubium (Mar de las Nubes) y Mare Humorum (Mar de la humedad). El Mar de las Nubes, de bordes muy irregulares,  tiene un diámetro de 700 km, e inmediatamente hacia el sur del Mar podemos localizar el soberbio cráter Tycho, con su célebre sistema de luminosos rayos de material proyectado. 

 El Mar de la Humedad, con una superficie de 85.000 km2 y 400 km de diámetro, es notable por contar en su borde norte con el cráter Gassendi, una hermosa formación de 100 km de diámetro que muchos han comparado a un anillo con una joya enquistada, semblanza que le ha valido el apodo de "joya de la Luna"




En el cuadrante noroccidental, el Mare Imbrium (Mar de las lluvias), nombre proporcionado por Riccioli, es bastante conocido por contener la destacada Bahía del Arco Iris (Sinus Iridum) en su borde septentrional . De forma más o menos circular, el mar tiene un diámetro de 1.123 kilómetros y está bordeado por las más destacadas cadenas montañosas de nuestro satélite. Los Alpes lunares hacia el norte y los Apeninos hacia el sureste, mientras que los Cárpatos custodian su frontera sur. El cráter Arquímedes es el más notable en este sector. La región de Hadley, al interior del mar, fue el punto de alunizaje escogido para la misión Apolo XV.

El interesante cráter Platón, de un oscuro intenso, también es facilmente reconocible en su borde norte, a medio camino del Mare Frigoris



Sección norte del Mare Imbrium, a la izquierda de la imagen se divisa Sinus Iridum,con el cráter Bianchini en su cúspide, a la derecha, el oscuro y misterioso cráter Platón. 

Por el este, y aprovechando un estrecho que divide los montes Cáucasos de los montes Apeninos, el Mare Imbrium se conecta con el Mare Serenitatis (Mar de la Serenidad), nombrado así en 1651 por Giovanni Riccioli. El Mar de la Serenidad tiene una extensión de 325.000 km2 y su cráter más interesante es Posidonio, ubicado en su extremo nororiental.

Por el sur, Mar de la Serenidad conecta con el Mare Tranquilitatis (Mar de la Tranquilidad), a través de un estrecho custodiado por el cráter Plinio, que tiene unos de 50 km de ancho. Punto de alunizaje del modulo lunar de la misión Apolo XI, es uno de los mares más fácilmente distinguibles a simple vista. El Lacus Somni (Lago de los sueños), ubicado al noreste, fue inundado por lava basáltica que desbordó desde el mar de la tranquilidad.

 Mare Nectaris (Mar del Néctar) se conecta por el norte con el mar de la tranquilidad y tiene una extensión de 100.000 km2. 

El aislado Mare Crisium (Mar de las crisis), se sitúa casi en el borde este del disco lunar, donde podemos contemplarle de refilón. De bordes irregulares, tiene un diámetro de 555 km. y ocupa una superficie de 170.000 km2, equivalente al tamaño de Uruguay. 
Hermosa vista del Mar de las Crisis. El luminoso cráter Proclo se destaca, cercano al borde oeste del mar. El extenso cráter que se extiende sobre la esquina noroeste del mar es Cleomedes.




Dada su ubicación, parece ser más alargado en su extensión norte-sur, pero una visión cenital nos comprobará que en realidad es más ancho que largo. De fondo muy regular, sus cráteres más destacables son Picard y Pierce.

Más hacia el este, ya casi en el borde del disco lunar, se sitúa el Mare Marginis (Mar del margen), sin embargo, su difícil ubicación lo hace indistinguible a simple vista.

Al oeste del Mare Crisium podemos ubicar a Proclo, cráter de unos 30 km de diámetro, pero que posee un gran albedo y está acompañado por un sistema de rayos brillantes.

Mis primeras observaciones a la Luna, a través de un telescopio que apenas sabía usar, las realicé a los 15 años de edad, y entonces fueron experiencias sumamente gratificantes, puesto que la mera observación va inserta en un contexto místico: de noche, alejado de los focos luminosos (en este caso en una plaza cercana al hogar), refrescado por una leve brisa, quietud y el cantar nocturno de las aves; les aseguro que la mente se ve invadida por un cúmulo de pensamientos e ideas, la imaginación se dispara, te sientes desconectado de la mundana realidad y crees ser parte de una dimensión etérea e infinita.

Contra lo que podría dictarnos el sentido común, la Luna llena no es el mejor momento para la observación de los detalles de su superficie, pues anula los complejos juegos de luz-sombra que resaltan los contornos y perfiles de muchos de sus accidentes más notables. Lo mejor sería enfocar la Luna durante sus etapas intermedias (menguante y creciente), pues las sombras originadas por el terminador harán visibles sus características más notables. De todas formas, una cosa es segura: la observación del disco lunar, con ayuda de telescopio, simples binoculares (o inclusive a ojo desnudo) proporcionará una experiencia difícil de clasificar, y de la que nadie puede arrepentirse.


El mejor momento para observar la Luna es en sus fases intermedias, cuando la proyección de sombras resalta muchos de sus accidentes. Observa la concentración de cráteres hacia el polo sur lunar (Jaime Acuña)




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...